Aventuras en el Camino, Parte I
El fin de semana pasado fue, sin duda, uno de los mejores fines de semana que he experimentado durante este año en España. Lo pasé muy bien durante todo el rato, aunque cuando tenía sueño o me dolía un poco la espalda. Lo primero que noté cuando nos bajamos del autobús en Burgo de Ranero el jueves por la noche fue la existencia de estrellas en el cielo…me di cuenta de que había pasado demasiado tiempo sin verlas en la ciudad. De hecho, ni siquiera sé si se las puede en el centro de la ciudad porque nunca me ha fijado. Con esta vista preciosa de las estrellas, noté la tranquilidad del ambiente: no había nada de ruido salvo la risa de unos amigos muy ilusionados por haberse bajado del autobús y tampoco olía al humo que nunca se puede eliminar por completo del aire que respiramos en Madrid. Con un sueño horrible y una anticipación por lo nuevo que nos esperaba, me acosté pero me quedé despierta durante casi toda la noche.
Al mañana siguiente, me levanté un poquito cansada pero lista para comenzar. Después de terminar nuestros cafés con leche y tostados y con la sesión graciosísima de fotos con la señora del hostal, nos embarcamos en el camino, un camino genial que terminaríamos 26 kilómetros luego en Puente Villarente. Antes de llegar allí, sin embargo, pasamos por varios pueblos perdidos, nos paramos de vez en cuando para descansar o para leer letreros que señalaban mapas de la etapa en la cual andábamos, disfrutamos de una comida muy rica y grande en La Taberna de Gelo en Mansilla de las Mulas y aun nos perdimos un pelín al salir de este pueblo. Lo que más recuerdo del día eran las conversaciones profundas y los momentos de cachondeo que tenía con mis queridas amigas y el sentimiento de paz que tenía al saber que me quedaban muchas horas más en el camino para disfrutar de estos momentos. Sin prisa, apreciaba todo a mi alrededor, incluso las piedras debajo de los pies (una de las cuales sirvió como mi propio bastón del peregrino y que cabe perfecto para mi agarre). También pasé más que una hora (creo) sola, reflexionando en mi año pasado, mi tiempo en España, mis decisiones para el futuro y cantando una variedad de canciones que se me entraba en la cabeza; estoy completamente segura que estaba sonriendo aunque estuviera sola. Mientras estaba sola, vi a alguna gente del pueblo en sus jardines y aun saludé a algunas personas sin que me dieran una respuesta. Pues, después de pasar ese pueblecito, un hombre apareció en el medio de nada cortando leña y me pidió la hora. Le pedí disculpa diciéndole que no tenía puesto un reloj pero que me imaginaba que era sobre la una. Para mí, la hora no importaba porque no tenía algo esperándome o demandando algo de mí salvo un bocadillo dentro de poco, una cena más tarde, quizá una ducha y claro, un albergue nuevo y lujoso en Puente Villarente.
Al llegar a Mansilla, encontré a varias amigas sentaditas en un monumento con las figuras de tres peregrinos y claro, a Jesús y la Virgen. Esperamos a que llegaran las otros y luego entramos en el pueblo para encontrar un sitio que tuviera un menú del peregrino. Pues, después de entrar en dos sitios (y salir sin éxito!), encontramos esa Taberna y también a Lena y el dueño que nos sonreía (los otros dos ni siquiera nos habían hecho caso así al ver a dos caras sonrientes, sabíamos que íbamos a pasarlo bien. Después de descansar mucho y comer un bocadillo de tortilla grandísimo, nos fuimos para Puente Villarente y llegamos allí justo a la hora de un puesto de sol magnífico. Fui con Lena y Maureen a un restaurante en donde disfrutamos de una cena de caldo de cocido, queso manchego, y también para mí, un descafeinado caliente, una caña, mucho pan y una tarta de chocolate para el postre. Satisfechas, volvimos al albergue muy guay en donde conocimos a Fernando (creo que se llamaba así) y a su hijo (¡el cuarto de ocho!) muy majo Andrés, de Burgos. Lo pasé muy bien escuchando la historia de su familia y me quedé muy impresionada por la manera cariñosa en que los dos hablaban de su familia y también por el hecho de que el padre de ocho pretende hacer partes del Camino de Santiago con cada hijo. Este padre muy sabio nos dio consejos para cuando nos casemos algún día y creo el tiempo, aunque fuera sólo un poco, fue algo muy especial para todas. Pues me acosté sobre las once muy contenta y riéndome un poco por los varios tipos de gente que una se encuentra en el mundo.
Al día siguiente, todas nos levantamos sin prisa porque ya habíamos cumplido la mayoría del viaje. Nos fuimos del albergue y después de más cafés con leche y magdalenas en una pastelería (que ponía música de los 80s incluso la de Madonna!), nos despedimos de Puente Villarente. Lo que recuerdo bien del camino de este día son las cuestas y las canciones que canté con mis amigas mientras intentábamos conquistarlas. También vimos a una mujer vieja que nos deseó un buen camino y también a un hombre anciano dando de comer a sus conejos en el jardín de lo que pensamos era una residencia para ancianos. Cruzamos la carretera y pasamos una parte al lado de la carretera y al llegar a una parte más aislada de nuevo, yo me aparté del grupo para pasar un rato sola. Me alegró tanto cuando vi la Catedral de León muy en la distancia porque sabía que ya estábamos bastante cerca de la ciudad y también porque creo que es la catedral más bonita que jamás he visto y tenía tantas ganas de verla de nuevo. Encontré a Amandita esperándonos y nosotras dos decidimos seguir sin descansar mucho porque queríamos llegar al hostal y comenzar la segunda parte de la aventura (la sin las mochilas!) en la ciudad de León.