Aventuras en el Camino, Parte II
Amanda y yo llegamos al Monasterio de Santa María con mucha hambre y mucha ilusión para ver la ciudad de León. Conocimos a Pilar y a la madre superior de las monjas quienes nos explicó las reglas del albergue y después de poner nuestras cosas en la parte de la habitación señalada para las mujeres, nos duchamos. Ella, Pedro y yo nos fuimos del albergue sobre las 16,30 con la meta de encontrar el famoso barrio húmedo y tomarnos algunas copas. Por suerte, esta zona quedaba muy cerca del monasterio y por lo tanto, dentro de poco comenzó nuestra tarde de tapas y vino de bierzo. Los tres disfrutamos de la compañía de los otros y conocimos a varios bares, cado uno con tapas distintas. Finalmente encontramos un sitio que servía sidra y nos sentamos allí en la terraza hasta que se pusiera el sol. Ahora, continuando con el tema de la tarde, nos tocó cenar. Como no habíamos encontrado ningún menú del peregrino, nos alegró mucho al enterarnos de un sitio llamado el Abanico que sí lo tenía. Después de una cena bastante larga, tuvimos que volver al monasterio porque se cerraban las puertas a las 21,30. Con todos los otros peregrinos, que incluían cuatro alemanes, dos japonesas, un francés y básicamente todos los middleburienses salvo Lena y los otros profesores, que iban a quedarse en el albergue esa noche, fuimos a una capilla para recibir la bendición del peregrino de la monjas del monasterio. Esta parte de la noche fue realmente especial porque las monjas tenían voces angélicas y todos podíamos seguirles porque se había repartido libretos con todas las letras y las oraciones. Después de la bendición, volvimos al albergue para prepararnos para la cama. Yo, con la tripa hinchada por tanto comer pero la mente muy tranquila por la bendición tan bonita, me acosté y dormí muy bien toda la noche hasta la madrugada cuando unos borrachos en la plaza enfrente del monasterio gritaron una tontería muy cruel dirigida a las queridas monjas.
Pues, algunas horas después nos levantamos para un desayuno temprano. Pili, la encargada del albergue, nos preparó pan tostado y café y charlamos con los otros peregrinos. Una alemana, Ruth, no sabía su plan para el día porque se había lastimado el tobillo y ni siquiera sabía si iba a poder continuar el camino a pie. Después de poner nuestras mochilas en un sitio especial (¡qué amables eran estas mujeres!), nos sentamos en un café un rato antes de quedar en la entrada de San Isidoro y empezar el día turístico/académico en León. Yo había estado allí en el Panteón desde hace dos años y medio y aun me impresionó más esta segunda vez, especialmente la representación del calendario agrícola por las paredes. Después subimos a la biblioteca en donde el Profesor Larrañaga nos habló de los beatos y varias Biblias mozárabes que se encontraban allí. Al irnos del panteón, fuimos a una cafetería al lado de la Catedral para merendar y tomar un té. Un poco después, comenzó la visita de la Catedral de León, que sin duda, sigue siendo la más bonita que jamás he visto. Desde fuera, se apreciaba las arquivoltas y contrafuertes, de los cuales habíamos aprendido mucho, y las esculturas a la entrada, las cuales me interesaron mucho porque algunas estaban en condiciones perfectas y otras no se habían preservado bien. Entré en la Catedral con mucha ilusión porque sabía la hermosura que nos esperaba. Me dirigí la vista arriba para apreciar todos los colores de las vidrieras. Yo creo que los arquitectos góticos cumplieron la meta de demostrar lo celestial en armonía con lo terrenal con la construcción de estas vidrieras de modo increíble. No sé como es el cielo, pero me imagino que tiene algunos aspectos de estas vidrieras preciosas. Pues, después de mucho tiempo contemplando ellas, salimos de la iglesia y encontramos un sitio en el barrio húmedo para comer. Comí con Kristen, Sarah, Maureen, Amanda, Julie y Pedro y después de tardar un poco en acostumbrarnos de que el camarero nos iba a tratar muy mal, nos pasamos un tiempo estupendo juntos, jugando juegos en la mesa y comiendo muy bien. Cuando terminó la comida, casi era la hora para encontrar el autobús, así que volvimos al albergue para recoger las mochilas. Disfrutamos del sol brillante, sacamos fotos de la plaza, entramos en la iglesia al lado y finalmente nos fuimos para el autobús. En camino para Madrid, contamos historias y nos reímos mucho. Creo que ese fin de semana fue uno de los mejores que he pasado aquí en España porque me acostumbré muy fácilmente a la vida del peregrino, pude pasar mucho tiempo con mis amigas más cercanas, reflexioné mucho y aun hice la decisión de lo que quiero hacer durante el año que viene, conocí a otros peregrinos y otros paisajes de España, respiré mucho aire limpio y aun me tomé un poquito de sol! Por eso, volví a Madrid rejuvenecida y con muchas ganas de seguir en el Camino.